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He naufragado en un mar de recuerdos.

Ante el futuro incierto, busco en el presente
al que soy. Hoy ya no es ayer.
G.D.

Estar ROTO DE AMOR, duele.

G.D.

jueves, 24 de julio de 2014

Las fotos de mamá

Las guarda como si fueran “facturas pagas”. Facturas de servicios, acumuladas por si surge algún reclamo. Un reclamo administrativo en este país desordenado.
Alguna vez, el álbum de fotos estuvo al día, prolijo y con anotaciones. Hoy, las fotos en blanco y negro, a color, en diapositivas y de retratos desarmados, se han desorganizado.
Algunos cuadros, como los de las caritas de mi hermano y mía (coloreadas y brillantes), fueron descolgados hace años. El de la primera comunión, igual; sólo quedó el del casamiento de mamá, con su vestido blanco de tul, 7 enaguas y 58 kg. de peso. Hoy, ella supera los 100 kg., y el traje de novia lo usa mi hija para disfrazarse. ¡Cómo ingresaba mamá en ese diminuto modelo!.
Fotos de la Costanera, de Italia, de su compromiso, de casamientos, bautismos, de actos escolares, vacaciones, Navidades, hasta algunas postales y viejas recetas de cocina, paseos por Luján y Mar del Plata, llenan una bolsa que, cada tanto, visitamos con ojos cuasi-vírgenes, aunque siempre nos sorprendemos de lo mismo, de las mismas personas y actitudes, caras y gestos.
Peinados y ropas de otra época, familiares y conocidos fallecidos, emigrados, olvidados y/o crecidos.
Comparamos y nos comparamos. ¿Qué flaco era Carlos; qué linda tu tía Rosa, qué nariz tenía Susy, qué cara de tonto,…!.
Presente y pasado, todo revuelto y al alcance de la mano y del corazón. Una bolsa que entretiene y ha legado a la nueva generación (hijos, primos, nietos) el ayer de una familia de inmigrantes, devota de la fotografía, el video, las reuniones, los festejos y cierto ejercicio de la memoria. Ahora, conservada por polietileno blanco.



Chusma, bella y con aros

Con mamá hacíamos picnics fuera de casa (“Mar del Plata”, le decíamos). Comíamos sándwiches de miga -cuando eran un lujo-, nos comprábamos helados y ropa; libros y revistas; íbamos al cine y a Misa. Me llevaba a Catecismo y al peluquero; a vacunar y a comer pizza o panchos (no existían aún Burger ni Mac Donald´s).
Con mamá mirábamos televisión. Cine argentino, Batman, La Luna de Canela, Spiderman, Buenas Tardes Mucho Gusto, telenovelas y Lassi, hasta que llegaba papá y veía Bonanza (o El Gran Chaparral) y hablaba –siempre discutía- sobre el dinero (“la maldita plata”) y cómo evitar gastos.
Ella, mamá, me ayudaba con la tarea escolar (como podía) y me permitía ser Yo. Soñar, leer, disfrazarme, elegir.
Ese fue el mejor regalo que ella me hizo.
Por eso, ahora que trepa al umbral de los 70 años, yo la dejo ser como ella quiere.
Un poco chusma, llena de flores y ropa de colores; aros y…
Rodeada de santos y velas, adicta a flojos novelones mejicanos y a un árbol de Navidad que perpetúa en el tiempo, dejándolo armado hasta mitad de año, con impropias figuras de plástico, mariposas y hasta algún Playmóvil que acopla al Pesebre exótico, donde los Pastores y los Reyes Magos conviven con figuritas de pasta y hasta una tortuguita.
Besos mami. Perdón por decirte: “cambiate, no cuentes, no grites”. Ahora, son mis hijos quienes me dicen: “no salgas, vestite de otro modo, no hables”.
Lolita Torres, Lola Flores, Sofía Loren, Gina Lollobrigida, Niní Marshall, Mirtha, Zully, Carlos Cores, Jorge Salcedo, siguen formando parte de su imaginario. Cada vez que éstos son nombrados, no puedo más que recordar su devoción hacia ellos.
Como por el Himno Nacional Argentino. Porque aunque italiana, mamá aprendió y cantó, en cada acto escolar, ese canción con respeto y emoción.
La misma que nos transmitió para abrazar nuestra Patria, la familia, la vida y descubrir su bella Italia, a través de costumbres y paisajes que han cambiado, pero que ella atesora en su mente como cuando -con 13 años- debió alejarse del campo, la nieve profunda y el mar.



Agasajar a mamá


Día de la Madre, ayer. De la Familia, hoy. Cien escarbadientes y un ramillete de nomeolvides. Un jabón para tallar. Una botella torneada o un frasco, vela; una plancha de cobre, yeso, broches, vendas, cintas, etc.
Todo lo requería la escuela para crear un calendario, un cenicero, un jarrón, una lámpara, un florero, un cuadro, un posa pava.
Después de buscar los materiales -con ayuda de mamá- el obsequio “sorpresa” se hacía en el aula.
Se envolvía y entregaba con un beso.
Uno, por aquellos años (década del 70) se sentía un artista, un buen hijo y conseguía un feliz momento.
Con el correr de los meses, el polvo y la grasitud dañaban la imperfecta obra de arte.
Hubo madres, entonces, que guardaron los bonitos artefactos, mientras otras -como la mía- los liquidaba a fin de año, aunque muchas veces era yo mismo quien contribuía con su desaparición, al verlos horribles, “kitch”, dirían hoy las revistas de diseño.
¡Feliz Día Mamá!. Gracias por tolerar esas horrendas artesanías que, alguna vez, te entregué.
Floreros, posa fuentes…out. Besos y charlas…in.

GUSTAVO D´ORAZIO

5 comentarios:

Tolhuin dijo...

¡Cuánta belleza, amigo!
Te abrazo.

María Socorro Luis dijo...

Qué ternura...
Qué hermoso y qué poético, Gus Y cómo me lo has hecho vivir.

Besos para todas las madres y para los hijos como tú

Miguel Mroue dijo...

Querido amigo estás contando mi propia infancia. ¡Qué manera de decir Gustavo!Desde ya, si me lo permitís, me los apropio.
Abrazo.

Anama dijo...

Tiempo de evocaciones. ¡Qué necesario! Abrazos.

Adriana Morante dijo...

¡Qué ternura , en sencillas palabras!